Mostrando entradas con la etiqueta Stanley Donen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stanley Donen. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de julio de 2010

37 - CANTANDO BAJO LA LLUVIA (Singin' in the rain). Stanley Donen y Gene Kelly. USA, 1952.

Completamente de acuerdo con lo que afirman en EL, Cantando bajo la lluvia necesitó de su tiempo para ser reconocida como lo que es: el mejor musical de la historia del cine.

En primer lugar, por tratar en tono de comedia un tema tan serio como el paso del cine mudo al cine hablado. Dicho traspaso, que supuso el final de la carrera de tantos actores y actrices, es tratado, por otro lado, con uno de los trucos que se intentó en su momento: el doblaje. Eso sí, con la gran ironía de que fuera la protagonista, Debbie Reynolds, la que se viera doblada por la actriz a la que desbancaba en la película.

Luego, por conseguir que refritos de canciones antiguas de musicales (procedentes de los años 30) se hayan quedado de forma permanente en la memoria colectiva como pertenecientes a este título. De tal forma que, en los años 90, y dentro de La catarsis del tomatazo de la escuela de Cristina Rota, fueron de nuevo versioneadas por estupendas voces como la de María Botto.

Y unos números musicales en los que el bienhacer de Kelly (magistral interpretando el tema que da título a la cinta) y Donald O'Connor con su inolvidable "Make'em laugh" combinan unas coreografías que te hacen olvidar el posible origen de las canciones que se interpretan.

También por ser el mejor fruto parido de las privilegiadas mentes de Donen y Kelly, las cuales armonizaron de tal manera que el ritmo y la presentación visual de esta película parecen ir cogidos de la mano para crear un conjunto perfecto.

En su día, la película no fue muy valorada y pasó casi de soslayo por los Oscars(c) de aquel año. Pero las sesiones dobles y el paso del tiempo han conseguido convertir en indiscutible lo que ya os decía al principio. There's no musical like Singin' in the rain!

martes, 18 de mayo de 2010

5 - SIETE NOVIAS PARA SIETE HERMANOS (Seven Brides for Seven Brothers). Stanley Donen. USA, 1954.

Basada en un relato corto de Stephen Vincent Benet, quien se había inspirado en el rapto de las Sabinas para su trama, su historia dio lugar a uno de los musicales imprescindibles de la historia del cine. Esta película destaca especialmente por dos valores fundamentales: su pertinaz machismo, también destacado en EL, y un sentido de la estética tan pronunciado que la convierte en una de las cintas "más bonitas" jamás rodadas.

Respecto al primero, desde que, al principio, el hermano mayor sólo tiene que llegar al pueblo y elegir a la moza que considera más conveniente para hacerse cargo de su cochina versión de los siete enanitos y ésta cae rendida a los encantos de "el macho", vemos que poca determinación se les concede a las hembras. Más cuando las otras seis novias del título se adelantan a lo más tarde conocido como "síndrome de Estocolmo" al caer rendidas a los encantos montañeses de sus raptores.

En cuanto a lo segundo, los paisajes de calendario que se disfrutan, tanto en su versión primaveral como en la invernal, se ven todavía más bellos con la aparición de un reparto, tanto masculino como femenino, que acentúan su podería físico con un vestuario de grama cromática vivaz que los convierte, sencillamente, en habitantes del Olimpo.

Lo mejor de todo, en cualquier caso, es lo bien que están aprovechados estos actores. Por ejemplo, Jeff Richards, el que da vida a Ben, es un armario de tres cuerpos que desaparece en los números de baile, salvo cuando llega el momento final de acoger en sus poderosos brazos a su pareja. Papel que estuvo interpretado por la escultural Julie Newmar, treinta años más tarde homenajeada en la película mainstream sobre las drag-queens, A Wong Foo, gracias por todo, Julie Newmar (Beeban Kidron, 1995).

En todo caso, los números musicales que se ofrecen son de una calidad superior que cuentan, por ejemplo, con la presencia de Matt Mattox, un consumado bailarín al que da gusto ver meneando su hacha de tal forma que parece uno de los bastones de Fred Astaire.

Pero no son ellos los protagonistas, sino una Jane Powell, más rubia que nunca, Russ Tumblyn, feíto y más gracioso que nunca, y, sobre todo, un Howard Keel quien, con su voz y su estado físico en mejores condiciones que nunca, consigue redefinir el concepto de "el hombre".

Falta añadir que parte del éxito de esta cinta fue que, de forma casi moña, justificaba la práctica común de los años 50 del siglo pasado de las parejas: la de fugarse las parejas para casarse en secreto.